Jue15Jun202301:00
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Autor: Víctor Rodríguez Pérez
Género: Cuento

Dos pájaros de un tiro

Dos pájaros de un tiro

Dos pájaros volaban frecuentemente de árbol en árbol, buscando la fruta madura para alimentarse. En ocasiones, descendían hasta el suelo para tomar de la tierra las pequeñas criaturas que vivían en ella, halándolos con sus picos, venciendo la resistencia de aquellos seres que se atrevían a salir a ras de la superficie. La sed la calmaban en los pozos de agua que quedaban como consecuencia de las constantes lluvias que caían en toda la región. Era la época de invierno en todo el territorio y a pesar de que, en algunas ocasiones, cuando se desgajaban del cielo con tanta abundancia, constituían más bien un hecho perjudicial, no podía negarse que las lluvias eran la fuente de vida para todos los organismos que poblaban la región y probablemente, para todos en el planeta

Aquel día, los dos volaban como siempre lo hacían, en pareja. Buscaban el alimento diario, las crías se habían quedado solas en el nido; allá en lo intrincado del ramaje de un gigantesco árbol. En ese instante, estaban a salvo de sus enemigos naturales, pues, no era fácil descubrir el refugio que con tanto cuidado habían construido. La enredadera de trocitos de madera y paja seca, así lo aseguraba.

Avanzaban raudos, ascendiendo y descendiendo entre el follaje de la región; el canto característico, por los momentos, no era emitido por el macho arrogante y orgulloso de su condición de símbolo entre todos los pájaros. Lo tenía guardado para esas ocasiones en que era necesario demostrar su presencia de ave canora con la melodía que lo identificaba. Sabía que era el pájaro insignia de una nación y aunque esa distinción no lo diferenciaba de las otras especies de aves, al menos, la consideración del humano tenía que ser mayor hacia ellos. Falsa creencia, pues, al cazador furtivo; el que coloca trampas para encerrarlos en jaulas de metal y venderlos a los mejores postores, esa condición de ave distinguida, no le decía nada.

Decidieron llegarse hasta los mismos predios de asentamiento humano, no habían encontrado ningún alimento, hasta esa hora. Fue cuando, presos de desesperación, divisaron unos frutos maduros que, con sus penetrantes aromas, los llamaban. No pudieron resistirse y sin medir la consecuencia de aquella temeraria acción, llegaron hasta donde salía la olorosa invitación. Sólo que al hacerlo, algo cayó pesadamente sobre ellos, impidiéndoles la posibilidad de alzar el vuelo. Habían sido atrapados mediante la trampa más antigua del mundo: el cebo con la comida.

La rabia, la impotencia y la realidad de saberse sometidos dentro de aquella cárcel de metal que cortaba su vuelo, les insuflaba una fuerza, aun sin alimentarse. Pensaban en sus crías allá en el nido que al no ver el regreso de sus padres, de alguna manera, saldrían afuera para quedar a merced de los depredadores. Era la ley de la naturaleza.

El macho trataba de volar con gran impulso, pero sólo lograba chocar con los barrotes, lastimándose en cada intento. No había manera de vencer ese obstáculo superior a sus fuerzas. En su insistencia, lo único que había logrado era romperse un ala; pero ni el dolor intenso que sentía lograba hacerlo desistir de sus deseos de verse libre.

           Pocos días después, la rabia, la impotencia y la realidad, habían dado paso a la tristeza y a la resignación, y el alimento que, con desgano tomaban, no parecía hacerles bien en sus organismos. El grupo humano a quienes fueron vendidos, notaron lo que ocurría con las dos aves e hicieron todo lo que estuvo a su alcance, hay que reconocerlo, para que se sintieran contentos. Compraron una jaula más amplia para ellos y colocaron más comida y agua en abundancia. Pero todo resultó en vano.

Una mañana, el macho amaneció muerto. Prefirió aquella salida extrema a seguir viviendo dentro de aquel lugar, cuya frialdad, jamás hubiera podido superar. Ella, la hembra, arrinconada en una esquina de la jaula, esperaba con entereza y firme decisión el final de sus días. Ni los niños que, con sus caritas inocentes, le hacían carantoñas para alegrar el ambiente, lograron hacerla desistir. El pacto que había hecho con su pareja, de morir antes que perder la libertad, estaba flotando; esperando porque ella cumpliese. Y en efecto, al poco tiempo, así sucedió.                                        

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samir karimo
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