Dom02Jul202323:47
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Autor: Orlando Rodolfo González
Género: Microrrelato

23 de junio de 2023

23 de junio de 2023

Esperaba con ansias el Día de San Juan. Quería ir hasta la hoguera y purificar con sus llamas todas esas cosas que nos deterioran el retrato como a Dorian.
Era temprano y fui hasta las orillas del río, al museo donde tenían en exhibición la reproducción de esta festividad pintada por Quinquela Martín.
Al observarla, llevé mi mano al corazón y pensé en todas mis miserias de las que quería deshacerme: el rencor, la impotencia, la frustración, la soledad y vaya uno a saber cuántas más.
Cuando mis penas aprendieron a nadar, dejé la botella en un adoquín frío y solitario.
Conduje hasta el parque sin limpiarme el vómito y, luego del circo demagógico de los sacros organizadores, me dejé caer en las llamas.
Los bomberos, rápidos de reflejos, no dejaron que se me quemaran más que las pestañas.
Pero al regresar a mi hogar, encontré la casa vacía y sin vida. Ella se había llevado mi vida, mi felicidad, mi trofeo al último puesto en varones con habilidades especiales y hasta el gato.
En mi propia ausencia, el hombre del espejo echaba humo al convidarme más ginebra.
La policía llamó a la puerta. Por las cámaras de seguridad me vieron dejar una botella vacía que causó el accidente y muerte de los turistas que viajaban en el bus que cayó al río cuando el conductor perdió el control al explotar un neumático.
Al quemar todos mis defectos, incineré todo lo que hacía de mí el hombre que era. En el talego me las ingenié para decorar con llamas mi celda. Así comenzaron a llamarme San Juan, y hay quienes dicen que tengo el poder de quemar cosas con mis manos. Lo único que pude hacer arder fue mi corazón...

Jue29Jun202311:50
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Autor: Gaizka Azkarate Saez
Género: Microrrelato

Historias de HOTEL II

Historias de HOTEL II
Ambos estaban en la ciudad por trabajo. Él era periodista experto en juicios; ella era abogada. Aunque la vista estaba prevista para el lunes, nuestros protagonistas se encontraban en la recepción del hotel para disfrutar del fin de semana juntos, pues no en vano eran matrimonio.
Tras la confirmación de la reserva, subieron a la habitación y se prestaron a disfrutar de un día de sol en la playa. Ella se puso su bikini amarillo que destacaba su bronceado. El se vistió su bañador hasta la rodilla y se tumbaron en el arenal a tostar sus esbeltos cuerpos.
Tras la sesión de playa, subieron a la habitación a darse una relajante ducha. Las curvas de infarto de ella, su pelo rubio, sus pechos redondos, eran remojados por el chorro de agua que manaba, mientras él, con su musculoso torso y su miembro erecto se disponía a entrar en el olimpo de la pasión.
Una cena romántica en el restaurante del hotel seria el preludio de una noche mágica, que acompañado del descanso dominical, les permitiría afrontar el inicio de la siguiente semana con energias renovadas.
Lun26Jun202321:02
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Autor: Victor Lowenstein
Género: Microrrelato

El brazo fuera de la cama

El brazo fuera de la cama.

  El brazo se extiende fuera de la cama con movimientos trepidantes. El codo se hunde apenas en el costado del colchón llevando al cuerpo un poco hacia adelante. No lo resiste o no está a gusto o no quiere; el cuerpo vuelve a recostarse. El hueco sobre el colchón desaparece y vuelve a su planitud original. Hay un estado de recuperada calma mientras por la ventana pueden notarse los cargados nubarrones, y llegan murmullos de viento y graznidos de aves augures que anuncian tormenta antes del anochecer.

  Es en el remanso de la primera tarde cuando el brazo que cuelga dormido en una indiferencia de la que despierta en un desconcierto de sábanas enredadas y viscerales vacíos; el cuerpo responde, estirando ese brazo mantenido fielmente fuera de la cama. La mano prosigue la transmisión del movimiento alargando los dedos todo lo posible, hasta que las uñas denotan un temblor previsible, igual al del viento que se apresta a una tempestad, al de las nubes inquietas de lluvia; Esos dedos completan el esfuerzo de toda la extremidad que sostiene la mano, y de todo el cuerpo, en definitiva de toda la unánime voluntad del ser por alcanzar vaya a saberse qué propósito asible o inasible que lo impulsa sin disminuir la tensión un solo instante.

  Se oye un ronco murmurar de la voz del paciente, o el graznido de otra ave augur o los resortes de esa vieja cama hospitalaria o sencillamente el viento y el crujir de las ramas de algún árbol de los muchos que rodean el sanatorio. Entre canteros, carteles que piden silencio y ese silencio clínico con aroma a aldehído y lavandina.

  Apáticas falanges prosiguen su trabajosa traslación hacia las invisibles longitudes que las separan de la pared distante. Dudosamente esa mano busque algo más que el vacío en que se mueve e inquieta; busca algo en medio de ese vacío, en medio del éter o dentro de él; algo tangible en términos que sólo la mano entiende, o el brazo que la dirige o la voluntad que ejecuta acciones más allá de lo conjeturable.

  Sólo cuando la noche haya avanzado lo suficiente, encapotando de negro los techos del sanatorio y sólo médicos de guardia semi adormecidos vigilen los pasillos y las salas y la torva mansedumbre del hospicio no se extrañe de sí misma más de lo habitual, esa mano tendida será alcanzada por el roce de otra mano y al fin se relajará y dejará caer el brazo y la voluntad que lo ha sostenido exhale un último aliento y mientras tanto allá afuera se desata una tranquila lluvia.  

Dom25Jun202317:11
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Autor: Gaizka Azkarate Saez
Género: Microrrelato

Historias de Hotel

Aquel hotel junto a la playa había sido durante años su refugio de verano, el lugar al que acudía para desconectar del estrés del trabajo diario. Aquel hotel, cobijo de matrimonios con hijos, jubilados en busca de descanso, estudiantes ansiosos de diversión tras un curso duro y exigente, escritores en busca de inspiración, solteros como él, en busca de aventuras. Todos eran bienvenidos a aquel hotel junto a la playa.

Habian sido días de diversión, de excesos en todos los sentidos, pero que le habían permitido abstraerse de sus quehaceres diarios. A partir de mañana volveria a su rutina habitual. Alli se encontraba ahora, recostado en el sofá del salón de su domicilio, observando la lluvia caer sobre los cristales, con las llaves de la casa en la mano. Recordaba la última imagen en el hall del hotel, el momento en el que entró por la puerta principal, y allí estaba ella con su belleza morena, con su pelo revuelto, y las maletas de viaje. “Se acabó, me vuelvo a mi país”- le dijo, y se fundieron en un emotivo abrazo. . El verano llegaba a su fin, y con el cambio de estación, el comienzo de la cuenta atrás hacia el siguiente.

Vie23Jun202320:35
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Autor: Víctor Rodríguez Pérez
Género: Microrrelato

El pajarito que le gustaba dormir

El amanecer llegó ante un cielo cerrado que dejaba caer una fina llovizna. Mamá pájaro se asomaba, una y otra vez, por la abertura redondeada de la rama que, en lo más alto, les servía como hogar. La vista la estiraba como una resortera, escudriñando más allá de las espesas nubes. Cuando vio señales de amainar, decidió llamarlo.

            —Hijo, es hora de ir a la escuela —susurró a su oído.

            El pajarito se volteó hacia el otro lado de su cama, hecha de pasto tierno, envolviéndose (como podía), en toda la extensión de su pequeña ala.

            Papá pájaro intervino:

             —Levántate, hijo, pues, tus amiguitos de clases ya han pasado.

            Él, entreabrió los ojos, se asomó al pequeño orificio y apenas divisó el arcoíris que se dibujaba, a lo lejos.

            —Llegarás tarde. —Volvió a decirle mamá pájaro.

        Entonces, el pajarito respondió:  

            —No lo haré, mamá. Cuando pase el arcoíris, me iré colgando del violeta; que es el último de sus colores, no te preocupes.

Y siguió durmiendo, un rato más.

Sáb17Jun202320:00
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Autor: Victor Lowenstein
Género: Microrrelato

Acerca del destino de las muñecas extraviadas

Acerca del destino de las muñecas extraviadas.

   Las hemos visto a la vera de los basurales…en los carros de los ropavejeros, o arrumbadas en tiendas de baratillo. Desmembradas, tuertas, calvas, rotas.  Recuerdo, en mi niñez, haber visto una Pielrose de ojos azules dejada en el banco de una plaza. Entristecí pensando en la niña que estaría llorando por haberla perdido; niña que hoy será una mujer que aún debe llorar el extravío de su muñequita predilecta. Se cuentan por millones; la ciudad los ampara en los sitios más recónditos. Se sabe que las viejas mendicantes callejeras se apasionan por estas reliquias. Igualmente, hay coleccionistas que se afanan por adquirir antiguos modelos del preciado juguete para niñas. En las noches de Buenos Aires, no es raro ver mujeres harapientas trenzarse en lucha feroz con algún buscador de tesoros por la posesión de algún derruido ejemplar, al que aferran con sus uñas sucias mientras del otro lado tironea con manos enguantadas su paciente adversario, que por lo común lleva las de perder; puesto que estas ancianas son de una raza más bien aguerrida.

   Se sabe que el gremio de las ancianas mendicantes, que reside en cuevas subterráneas de la ciudad, guarda cientos o tal vez miles de muñequitas antiguas que custodian celosamente.

   Es conocido el caso de Sinclair Buller Lyton, afamado coleccionista londinense que visitó en los años veinte la Argentina a sólo fin de dar con el sitio donde las mendigas supuestamente guardaban su botín de inmemoriales juguetes. El caso es que lo encontró. En un pasadizo del subterráneo de la línea B, se halló ante una interminable galería en la que se apilaban muñecas de todas las épocas y modelos: egipcias y romanas, musulmanas y húngaras. De madera, de trapo, de terracota y cera. Gerbrüders alemanas; Monchéris parisinas; Barbies americanas. Hasta donde llegaban sus ojos podía ver muñecas de vinilo y porcelana; de resina o caolín. Las había hasta de barro cocido, rescatadas de alguna antiquísima civilización mesopotámica. Y también modernísimas Blythes casi inhallables allá en la superficie. Extasiado, nuestro hombre se inclinó para recoger del áspero suelo una bellísima Mariquita Pérez española; pero no llegó a levantarse jamás: decenas de belicosas viejas portando cuchillos de cocina se abalanzaron sobre Lyton para despanzurrar su opulenta humanidad. De su carne hicieron albóndigas; de sus fluidos corporales diversos embutidos y no pararon hasta sus huesos, con los que confeccionaron encantadoras muñequitas artesanales. El coleccionista pasó a ser parte de la colección. Paradojas de la vida.

                                                                                                      

Jue15Jun202315:56
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Autor: Cristina de Zordo
Género: Microrrelato

Planes Oscuros

                                                                                                                                                                                                                

     ¡Más fuerte!... ¡Arriba!.... ¡Más duro!... Mamá te llama por cuarta vez y tú como si nada, dándole al columpio. Y no es que no quieras ir a por un helado...  No, no es eso.  Ocurre que estás a punto de consumar tu plan y no puedes perder la oportunidad que tienes de deshacerte de ella de una vez por todas.  Así que decides no hacerle caso a mamá, poner el alma en cada balanceo y mecerte sobre el columpio con todas tus fuerzas.  ¡Arriba!... ¡Más duro!... ¡Atrás! ....

      Hace tan solo un par de tardes la viste por primera vez en la fila de los bebederos. Lo recuerdas perfectamente. Te encantaron sus piernas largas y afiladas como palitos chinos ¡Y pensar que los otros niños andan tan felices por ahí, y ni cuenta se dan de estas cosas!  Pero qué va, tú eres muy maduro (te lo ha dicho tantas veces la maestra) y por eso, desde que apareció en tu vida, supiste que nada volvería a ser como antes. 

      Conocerla fue mudarte a otro planeta en el que sólo existe ella.  De un día para otro dejaron de interesarte las hormigas asesinas, el fútbol, y hasta el barco a motor de dos pisos que te regaló el tío Ramiro por tu cumpleaños. ¡Es tan divertido correr juntos por el parque!  Y luego, cuando te falta el aire, te tiras sobre la grama y ella se recuesta de ladito sobre el borde de la fuente. ¡Entonces se ve tan bonita que no puedes dejar de mirarla!  Ya eres un chico grande y sabes muy bien lo que les ocurre a los adultos cuando se enamoran: se fijan en alguien y luego ¡paf! ¡Nada más tienen ojos para esa persona por siempre! ¿Estarás enamorado?  ¡Arriba! ¡Más fuerte!... Atrás…. ¡Más duro!

      Hay días en los que es buena, juega contigo y te hace sonreír.  Pero otras veces es tan rara...  Se te mete por debajo y parece que quisiera subir por tus piernas para invadirte por dentro. ¡Ahh, pero tú no sientes miedo! ¡No! ¡Para nada! Es sólo que lo has pensado mucho y crees que lo mejor será librarte de ella antes de que sea demasiado tarde.  Después de todo podría tratarse de una espía disfrazada. ¡Quién puede saberlo!

      Por eso, aunque sabes que mamá te está llamando, te haces el que no oye y le das al columpio con todas tus fuerzas.  Albergas la esperanza de que se maree, se harte de una buena vez de tí y se aleje para siempre de tu vida.  Pero… ¡qué va! Mamá ya se acerca furiosa.  Se acabó el tiempo y no pudiste lograrlo. ¡La condenada sombra no quiso soltarse!  Esta noche, cuando apaguen la luz, tendrás que pensar en algún otro plan.

@cristinnadez

Jue15Jun202311:13
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Autor: Gaizka Azkarate Saez
Género: Microrrelato

Una de Piratas

Sentado en su vieja hamaca, con su pipa y su botella de ron, acompañado de su inseparable loro y de su nieto, rememoraba aquellas aventuras en los lejanos mares del sur. Como recuerdo, una artritis provocada por su pata de madera, y un ojo de cristal.

Mié14Jun202310:30
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Autor: samir karimo
Género: Microrrelato

Cuerpo Diesel

Despierto. Estoy en un cabaret. A lo lejos veo el coronamiento del edifico Chrysler. Escucho  Ella Fitzgerald. Tiene una voz enigmática que parece hablar con extraterrestres que juegan con mi esencia. Me parece distinguir algunas siluetas en la oscuridad. Todavía recuerdo que Marinetti, o  Pollak del Bando de la Luz, hablaba de un zeppelín que nos permitiría escapar de este mundo corrompido donde las fuerzas enemigas se aliaron a los bandos de la METROPOLE  para esclavizarnos. Pero había una última oportunidad que sería… de niño me decían que sería el puente que uniría todos los bandos en esta cruenta ciudad. Decía que era un engranaje de la máquina Adieselada. Sí, mi sangre no es normal, sino está hecha de Diesel, la sustancia primordial que hace que la Maschinenmensch, la máquina humana se mueva y la ciudad se renueve a cada instante, reconstruyéndose a nuestras anchas. Pero si mi rara sangre adieselada es mal utilizada puede llevar a un estadio de borrachera que podría comunicarse con las  fuerzas cabalísticas…..  tengo que accionar este cohete….DIESEL BODY

Lun12Jun202320:40
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Autor: Fran Márquez
Género: Microrrelato

Hurricane

Los piratas surcaron el cielo inesperadamente. Nadie se sorprendió, ninguno de ellos pensó que fuera a morir cuando la gran ola los azotó, un rayo rompió el timón y las velas se rajaron en medio de la tormenta. De repente, la caravela de la bandera pirata soltó una estridente carcajada que hizo temblar al mismísimo Neptuno.

Una bandada de pájaros negros, esqueléticos y desplumados apareció de la nada, graznando una melodía carcelaria que a todos les resultó familiar.

Los primeros acordes parecían el final, Bob Dylan hacía retumbar su garganta en medio de un «Huracán» que impulsó los remos del viejo galeón.

"¡Hurra! ¡Hurra!" Gritaban los malhechores mientras Dylan lloraba por la carrera frustrada del mejor boxeador que por la corona nunca pudo luchar.

—¡Capitán Carter! ¡Ya alzamos el vuelo! ¡Tal y como usted anunció que ocurriría!

Y aquellos piratas sacaron sus sables y cortaron las alas de los cuervos que se estampaban contra los mástiles y volvían a volar. Retorcían sus cuellos y seguían suspendidos en el aire mientras la embarcación se alejaba de alta mar. 

Las nubes se disiparon, la Luna apareció manchada de sangre y los cuervos regresaron del infierno inquieto de la noche. En el horizonte, las luces rojas de las patrullas de policía daban fogonazos en la calurosa New Jersey. El capitán Carter recordó su vida pasada, su detención por ser un negro conduciendo un coche la misma noche que el blanco Bradley atracaba un bar. Tres muertes le cayeron encima por el tono café de su piel, mientras la leche putrefacta del policía negociaba con aquel cobarde.

—¡Al abordaje! Gritó el endemoniado capitán, y los ríos de sangre con olor a salitre devolvieron la vida a Rubin Carter, ante la famélica mirada de los cuervos que huyeron sin volver a graznar.

Hoy lucha por el título del peso medio, ni una celda lo detuvo, ni la muerte, ni el Infierno. Y si de algo estoy seguro es que Dylan no volverá a llorar mientras levanta la corona mundial su Huracán.

Fran Márquez

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