Sáb27Ene202405:14
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Autor: Cuauhtémoc Ponce
Género: Cuento

La muerte

Era la muerte, lo supe desde que cruzó el portal de la habitación del hospital donde yo estaba internado. Se paró justo al lado de mis pies, y algo me dijo que mi vida llegaba a su fin. —¿Vienes por mí? —le pregunté, aun sabiendo que eso era más que obvio.

—Así es, Jasón, es hora de partir —me contestó. Por mi parte, no hice más que suspirar, y aceptar la realidad; porque al final de cuentas la muerte nos llega a todos, tarde o temprano. Pero no quise que fuera algo “fugaz”, no sabía que sería de mi “alma”, si es que tenía alguna, así que me atreví a preguntarle: —¿Podemos charlar un poco?

—No tenemos mucho tiempo, pero claro, podemos charlar; además estoy acostumbrado a este tipo de peticiones—me respondió mientras tomaba asiento al lado de mi cama.

—¿Conoces, o sabes algo de lo que fue mi vida?

—Sí, sé la vida de cada alma que habita en este mundo, y también el momento exacto de su partida, cuando ya su misión tiene que terminar.

—Y… ¿Crees que fui una persona buena, o no?

—Yo sólo vengo a cumplir con mi “trabajo”, no soy nadie para juzgarte; lo bueno o malo es simple perspectiva de ustedes; una creación que los humanos inventaron para decidir que es correcto o no; me lo preguntan a diario, y si quieres saber más de cómo terminarán tus hijos y tu familia, te adelanto que eso no puedo decírtelo. ¿Algo más?

—No…, creo que no, aunque me gustaría preguntarte si existe un cielo o un infierno, pero mejor no saberlo, total, ya estás aquí, y a donde quiera que vaya, creo que es algo inevitable.

—Así es.

—Está bien, que al fin y al cabo este mundo se está yendo a la mierda: guerras, sufrimientos, hambre, contaminación, injusticias, mares contaminados y poco a poco nos estamos extinguiendo. Qué bueno que llegaste por mí, al menos no me tocará vivir toda la porquería que sigue de aquí en adelante —le dije. Pero hubo algo, un silencio “incómodo” que me gritaba en mi interior que no tendría una respuesta “confortable” a eso que pronuncié; y su respuesta antes de morir me dejó petrificado.

—Jasón, lamento mucho en desilusionarte, porque sí te va a tocar vivir todas esas catástrofes que vienen a futuro; porque hoy mueres, pero la reencarnación sí existe… Nos vemos en tu otra muerte, dentro de ochenta años más, y créeme, la próxima vez que nos veamos, no será en un hospital.

© Cuauhtémoc Ponce.   

Lun25Dic202323:49
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Autor: Betty Rodríguez Alberte
Género: Cuento

Julita (Cuento ganador)

Julita era una niña con problemas. Su madre había tenido un parto complicado, por lo que la bebé nació con dificultades para respirar; los neonatólogos decidieron mantenerla en una incubadora hasta que sus pulmones completaran su proceso de maduración y la niña lograra respirar por sí sola. Esa circunstancia, sumada al hecho de que su mamá no pudo tener más hijos, fue suficiente para que sus padres la mimaran mucho... quizás demasiado.

Desde que comenzó a ir al colegio se comportó siempre de manera extraña; no hablaba con nadie; se la veía siempre sola, arrinconada en algún lugar apartado. Las maestras trataron de hacerla participar más en las clases, pero nunca lo lograron. Ella parecía vivir en un mundo propio, al que nadie tenía acceso.

La pequeña no era muy agraciada, y al ser huraña, daba pie a que muchos de sus compañeritos le hicieran bullying. Al no exteriorizar lo que sentía, parecía que nada le afectaba, pero en su fuero interno sufría mucho, tanto que, a veces la invadían fuertes deseos de venganza hacia quienes, según ella, le hacían daño.

Con el paso de los años fue cambiando. Se transformó en una jovencita atractiva, aunque no hermosa. No era segura de sí misma, pero lo aparentaba; asimismo, era muy introvertida y un tanto misteriosa, pero, a pesar de todo, atraía a los muchachos. Ella lo notaba, pero fingía no darle importancia, aunque en su fuero interno se sentía halagada.

Sus padres anhelaban que fuera a la Universidad y, después de graduarse, conociera un buen hombre, se casara y formara su propia familia. Por otra parte, no querían alejarse de su única y adorada hija. Nunca se lo dijeron, pero la joven, aunque no lo expresaba, los conocía muy bien y sabía lo que sentían y deseaban.

Una tarde, mientras estudiaba en la biblioteca, Julita notó que alguien la observaba. Luego de meditarlo un poco, decidió ponerse de pie y hacer de cuenta que iba a buscar un libro; con mucho disimulo miró hacia el lugar donde, creía, se encontraba su admirador. Le gustó lo que vio. Aunque no era guapo, el muchacho, de sonrisa atrevida y mirada penetrante, tenía cierto atractivo. Cuando le guiñó un ojo, ella se sonrojó; de inmediato tomó sus libros y salió disparada del lugar.

Pocos días después regresó a la biblioteca con la esperanza de encontrarse, nuevamente, con el muchacho de quien no había podido dejar de pensar desde el día en que lo conoció. Esperó varias horas, leyendo. Ya se había cansado y se estaba retirando cuando, al llegar a la puerta, se topó con él.

Esta vez el chico la abordó; se presentó como Mathías, le preguntó su nombre y le dijo que le gustaría conocerla mejor. Ella, confundida, no supo qué contestar. Su corazón latía con fuerza; casi sin pensarlo le susurró un número de teléfono y se alejó en dirección a su casa.

Al día siguiente el joven llamó y la invitó a dar un paseo. Ella, de inmediato, aceptó. En un abrir y cerra de ojos se cambió de ropa, arregló su cabello y se maquilló. Les dijo a sus padres que iba a la biblioteca, y salió. Él la estaba esperando en la glorieta. En ese instante comenzó para Julita una historia de amor, ilusión y sueños que la perseguirían toda su vida.

La relación se concretó cuando lo llevó a su casa y lo presentó como su novio. Estaba muy entusiasmada y, a pesar de que no lo decía, ya imaginaba cómo sería su boda, y la vida entera junto al ser amado. Se veía en una hermosa casa, con su marido, rodeada de tres o cuatro niños. Pensar en eso la hacía muy feliz. Transcurrieron varios meses, pero a pesar de mencionar el tema en varias oportunidades, Mathías nunca le propuso matrimonio. Él decía que antes de casarse necesitaba una “prueba de amor” de parte de Julita, pero dada su educación religiosa y puritana, la joven no estaba dispuesta a “entregar su cuerpo”, como ella misma decía, a ningún hombre, sin haber pasado antes por la iglesia.

Luego de un tiempo, Mathías se cansó de esperar y le dio un ultimátum, le dijo que, si ella no accedía a darle lo que él pretendía, se alejaría para siempre. Por lo tanto, Julita, por temor a que la relación terminara, tomó la difícil decisión de hacer lo que su novio le pedía. Después de unos meses la muchacha notó, con mucha preocupación, que el período no le había venido. De inmediato, fue a comprar un test de embarazo y se hizo la prueba; quedó muy sorprendida cuando, en el termómetro, vio dos líneas rojas claramente marcadas, lo que significaba que estaba encinta.

La chica, muy confundida, no sabía qué hacer; a sus padres no les podía decir nada porque estaba segura de que se pondrían furiosos y no aceptarían que su hija tuviera un bebé sin haber pasado por el altar. «Lo primero que debo hacer es avisarle a Mathías... seguramente, él estará de acuerdo en que nos casemos antes de que se me empiece a notar la panza» pensó. Lo llamó, y quedaron de encontrarse en la glorieta del parque. Julita estaba muy nerviosa, pero se tranquilizó al ver llegar a su amado, porque tenía la seguridad de que él lo resolvería todo. Pero nada resultó como ella pensaba; el joven, de inmediato, le dijo: «Debemos hacernos cargo de la situación y, cuanto antes, mejor». En un principio la chica no entendió, pero luego se dio cuenta de que, lo que él trataba de decirle era que debía deshacerse de su hijo.

La joven quedó devastada; nunca hubiera imaginado la reacción de Mathías al enterarse de que iban a tener un bebé. Ella estaba segura de que el joven asumiría su obligación y se casarían; lo que le pedía que hiciera era impensable. Sin poder articular palabra, Julita corrió a su casa, se encerró en su habitación y se echó sobre la cama, llorando desconsoladamente. Luego de unas horas, poco a poco, logró calmarse. Después de pensarlo mucho y, muy a su pesar, tomó la decisión de hacer lo que Mathías le había propuesto, pero... en ese mismo momento juró que jamás iba a perdonar al único hombre que había amado y a quien, según ella, amaría por el resto de su vida.

La pareja concurrió a una clínica, donde Julita se sometió a una intervención. La joven quedó muy dolorida, no solo físicamente, sino también en lo más profundo de su ser. Pero como era su costumbre, no lo demostró, y por un tiempo su vida pareció seguir siendo la misma de siempre. Sin embargo, con el paso del tiempo, la relación con Mathías se fue desgastando, y a pesar de que lo seguía amando, llegó un momento en que cada uno tomó un camino diferente. Ella quería alejarse, por lo que decidió ir a una Universidad ubicada en una ciudad alejada de la suya. Él, por su parte quería quedarse allí, y sin que lo sucedido pareciera haberle afectado, seguir adelante con su vida.

Ya habían pasado muchos meses y Julita casi había olvidado a su ex novio cuando, estando en un restaurante con sus padres, lo vio sentado en una mesa junto a una hermosa mujer. Al notar que él la observaba, desvió su mirada; intentando contener la rabia que sentía, se mordió los labios hasta hacerlos sangrar. Sus padres, quienes no habían visto a Mathías, notaron algo extraño en el comportamiento de su hija; cuando le preguntaron qué le sucedía, respondió que le dolía el estómago y les pidió, por favor, que abandonaran el lugar.

Unos meses después la joven partió a la Universidad. Quería estudiar filología en español y letras. Sus padres la llevaron y, con mucho dolor, se despidieron de ella en la puerta del dormitorio del campus, el cual iba a compartir con otra chica, a quien todavía no conocía. Julita ordenó sus cosas y, al llegar la nochecita, se recostó en la cama que había elegido, dispuesta a leer un rato antes de dormir, como lo hacía habitualmente.

A la mañana siguiente, cuando despertó, notó que alguien reposaba en la otra cama. «Es mi compañera de habitación» pensó la joven. Se vistió, intentando no hacer ruido, tomó su bolso y se dirigió al comedor del campus donde, luego de desayunar, se quedó observando a los chicos y chicas que entraban y salían. De pronto, una hermosa joven llamó su atención; después de unos segundos la reconoció... ¡era la chica que, hacía un tiempo, había visto en el restaurante junto a Mathías! Julita se sintió muy incómoda, se levantó como movida por un resorte y, de inmediato, se retiró del lugar.

De regreso en su dormitorio tomó los libros y se dirigió al salón en el cual tendría lugar su primera clase del día. Estaba muy nerviosa; pasó toda la mañana sin lograr prestar atención a lo que el profesor decía. Salió del aula y, con la intención de calmarse, decidió dar un paseo por los alrededores. Luego de recorrer los jardines se sintió más tranquila y volvió a clases. El resto del día transcurrió sin novedades.

Era casi de noche cuando regresó a su dormitorio. Antes de entrar notó que la luz estaba encendida. «¡Qué bueno... finalmente voy a conocer a mi compañera de habitación!» pensó. Cuando abrió la puerta su sorpresa fue tal que no pudo articular palabra... ¡la chica que estaba allí era su rival, la hermosa joven a quien ella había visto en el restaurante, en compañía de su ex novio! La joven se presentó.

―Me llamo Raquel, y estoy aquí para estudiar filosofía ―dijo― con una enorme sonrisa, que mostraba unos perfectos dientes, blanquísimos, al tiempo que estiraba su mano. ―¿Cuál es tu nombre y qué cursos vas a hacer? ―preguntó.

―Me llamo Julita... voy a estudiar filología en español y letras... ―murmuró ella, con voz entrecortada.

―Espero que seamos buenas amigas ―agregó Raquel, sin dejar de sonreír.

A partir de ese momento Julita comenzó a indagar sobre la vida de su compañera. Lo que más le interesaba era saber si tenía una relación con Mathías. Poco a poco ambas chicas se fueron abriendo. La más conversadora era Raquel, ya que Julita era muy parca para hablar, más bien intentaba que su rival le platicara sobre su vida íntima.

Después de unos días Raquel le confesó que mantenía una relación con Mathías, pero que ella no tenía intenciones de casarse; solo quería divertirse y pasarla bien. Lo que más le interesaba era estudiar y recibirse... ¡Ya tendría tiempo de formar una familia una vez que obtuviera su diploma y consiguiera un buen empleo!

Transcurrieron unos meses; una mañana Julita notó que Raquel tenía náuseas. Ambas pensaron que había ingerido algo que le podía haber sentado mal al estómago. Pasaron varios días y las molestias, en lugar de desaparecer, aumentaron. Raquel decidió concurrir a la policlínica del campus, donde le hicieron varios estudios; el resultado de los análisis fue que la chica estaba embarazada de cuatro meses.

Cuando Julita supo que Raquel estaba gestando un hijo de Mathías sintió envidia, y también rabia. Lo primero que pensó fue: «Ese bebe debería ser mío; ella no está enamorada de él, en cambio yo sí lo estuve... y aún lo estoy». Además, por lo que la futura mamá le había comentado, Mathías sí deseaba tener a ese niño, algo que puso furiosa a Julita, pero como era su costumbre, no dijo ni demostró nada. Luego de unos días su compañera le confesó que iba a interrumpir su embarazo; eso tranquilizó a Julita, quien, de inmediato le prometió estar a su lado durante, y después del aborto.

Raquel lo agradeció y juntas concurrieron a la clínica.

La futura madre entró al consultorio tranquila, segura de su decisión. Además, el hecho de que su compañera de habitación, a quien ella ya consideraba una amiga, la escoltara, la hacía sentir mejor. Cuando le explicó al médico su situación y su deseo de abortar, el doctor, luego de revisar su historia clínica, levantó la vista, la miró fijamente a los ojos y con mucha severidad le dijo:

―¡Eso no va a ser posible, jovencita! ¡Su embarazo está muy avanzado, y a esta altura no hay forma de interrumpirlo sin poner en riesgo su vida... y la del ser que está creciendo en su vientre!

Raquel lloraba porque, según decía, nunca hubiera imaginado que no le iba a ser posible deshacerse de ese niño, a quien no deseaba. Julita la consolaba y se mostraba preocupada, pero en su fuero interno estaba furiosa porque, lo que en verdad deseaba era que, el bebé de quien ella considera su rival, no naciera. A pesar de su rabia se contuvo y, con una sonrisa forzada le dijo a su compañera que estuviera tranquila, que entre las dos iban a encontrar una solución al problema.

Pasaron los meses y la panza de Raquel crecía. Como no deseaba enfrentar a sus padres no les había contado lo que estaba sucediendo, y temía que, dado que se acercaban las vacaciones, o bien ella tendría que regresar a su casa, o ellos vendrían a visitarla a la Universidad, y la verían en ese estado.

Ahí fue cuando a Julita se le ocurrió una idea: ambas jóvenes debían decir que una amiga las había invitado a pasar el verano en su casa de la playa, que estaba a cientos de kilómetros de distancia de allí.

Cuando Raquel llegó a su séptimo mes, las chicas viajaron a un pueblo alejado, tanto de la Universidad como de sus hogares, para recibir solas y tranquilas al bebé. Se instalaron en la casa de Antonia, una anciana de origen latino que vivía sola, ya que no tenía familia. La Sra. alquilaba un par de habitaciones a jóvenes que quisieran pasar el verano, alejados de todo y de todos. Como Raquel no tenía dinero, Julita había pedido un cheque a sus padres, con la excusa de que necesitaba comprar un automóvil, y ropa adecuada para que ella y Raquel pudieran pasar ese verano en la casa de playa de la supuesta amiga, quién, según ella, las había invitado.

Las dos jóvenes pasaron muy bien los meses siguientes. Todos los días salían de paseo; Julita había leído que hacer ejercicio y en especial, caminar, era bueno para una futura mamá. Raquel ya había aceptado el hecho de tener a su bebé, e incluso empezaba a sentir amor por él. Las chicas buscaban nombres, pero no se ponían de acuerdo. Finalmente, quien encontró el apelativo perfecto fue Antonia... el mismo era Damián.

A los nueve meses, Raquel, con la ayuda de su arrendadora, quién, en su juventud había sido enfermera y asistido a muchas mujeres en sus partos, dio a luz a su hijo. La joven estaba fascinada con el pequeño, y Julita también. Las chicas se turnaban para cuidarlo, pero quien le daba de mamar era, por supuesto, Raquel. Pasó un tiempo y, a pesar de que todo marchaba bien, las jóvenes eran conscientes de que no podrían guardar el secreto por mucho más tiempo, y que, en algún momento tendrían que contarles a los padres de Raquel que eran abuelos.

A finales del verano llegó, a una isla del Caribe, una muchacha joven con un bebé. Se instalaron en una pequeña posada, a orillas del mar. La chica, quien dijo llamarse Giuliana, buscaba un trabajo como profesora de inglés y una vivienda para establecerse con Daniel, su hijito. Los isleños eran muy amables y hospitalarios y, de inmediato, se dispusieron a ayudar a la joven madre. Poco después, la chica ya tenía un puesto en una escuela de la isla y una bonita casita donde alojarse con su pequeño.

En un pueblito perdido, en el continente, la policía trataba de averiguar a quién le pertenecían los dos esqueletos hallados en una casa abandonada, lejos de la ciudad, por un grupo de cazadores. El forense solo había podido determinar que ambas osamentas correspondían a personas del sexo femenino; una de ellas pertenecía a una mujer muy joven, en tanto que la otra concordaba con la de una anciana.



Lun04Dic202301:38
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Autor: Servando Clemens
Género: Cuento

Salvado por la lechuza

Salvado por la lechuza



Es angustiante que te rompan la boca, que te arrojen al lodo, que te metan hormigas en los calzoncillos, que te escupan la cara un gargajo de flema fluorescente, que te roben el dinero y que te pateen las bolas sólo porque a un cretino se le ocurrió que era divertido. O tal vez lo hacen por el placer de sentir cómo se hunden sus asquerosos nudillos en las costillas de un debilucho; o posiblemente por el hecho de que los bravucones nos consideran unos perdedores, o por una diversión estúpida… ya no sé qué pensar. Puede ser que ellos sean todavía más miserables.

En realidad, no comprendo sus motivaciones, ¿por qué no seguir cada uno por su trayecto como dos líneas paralelas y al carajo?

Así me sentía al salir de clases y regresar a casa todo apaleado: estúpido y cobarde.

Juan y Alberto me ponían una madriza todos los días y los maestros no hacían nada. A ellos no les interesa meterse en problemas. El director era tío de ese par de imbéciles y la única vez que tuve el valor de denunciarlos, él dijo: "Muchachito, ya es tiempo de que te conviertas en un hombre. No siempre te vas a ocultar debajo de las faldas de tu abuela. Si vuelves por aquí a andar de chismoso, yo mismo te daré un coscorrón, ¿entendido?". Yo respondí: "Sí, señor". Y me fui arrepentido, con la cola entre las patas.

—Otra vez te pegaron —dijo mi abuela en cuanto crucé la puerta—. Mira tu cara, hijo. ¿Qué dirían tus padres si te vieran así? Pensarían que no te cuido bien.

—Pero ya no están aquí. Están muertos y papá nunca me enseñó a partirle la jeta a los pendejos.

—No hables así, su partida fue repentina. Déjame hablar con el director. Ya fue suficiente.

—No lo hagas, abue, sería mucho peor. Yo sé lo que te digo.

—Por lo menos permíteme curarte.

La abuela no dejaba de verme el moretón del ojo derecho. Sacó una compresa de hielo y la colocó en la parte afectada.

—¡Auch!

—Ya, ya… mañana será un mejor día, te lo juro.

Al día siguiente pensé en hacerme el invisible, así que no hablé con nadie. A la hora de recreo me escondí detrás de los botes de basura, esquivando abejas y oliendo cochinadas. Me senté hasta la última fila, en el rincón y no participé en las asignaturas. Todo marchó bien, parecía el alumno invisible. Incluso salté la barda por la parte trasera de la escuela para que esos tarados no me notaran al salir. Volteé para todos lados: no había nadie a los alrededores. Suspiré aliviado. Empecé a caminar mientras chiflaba una canción; estaba feliz porque llegaría limpio a casa después de varias semanas. Di vuelta a la esquina y con lo primero que me topé de frente fue con el puño de Alberto, el cual me rompió la nariz. ¡Crank! De repente me estaba tragando mi propia sangre. Caí de espaldas. Vi el sol y algunas estrellitas que centelleaban alrededor de mis ojos.

—Creíste que te escaparías de nosotros, idiota de mierda —dijo Juan, pateándome la rodilla—. Párate si puedes, enano enclenque.

Alberto me tomó del cabello y me levantó como si fuera un muñeco de trapo. Traté de golpearlo y no logré hacerle ni cosquillas. Era mucho más grande y pesado que yo; eso le pasaba por repetir año por segunda ocasión.

Los compañeros de la escuela empezaron a llegar al circo romano. Pude escuchar las risillas burlescas.

—Ya estuvo bueno, ¿no? —dije casi llorando.

Era más hiriente la vergüenza de ser humillado en la vía pública que el dolor físico.

Alberto me propinó un gancho en la boca del estómago. Sentí el dolor más fuerte de mi vida. No podía jalar aire, seguía tragando sangre y me retorcía en el suelo como un insecto fumigado.

Juan se puso en cuclillas y me dijo en la cara:

—Vamos a divertimos contigo, zoquete.

Alberto sacó de la mochila unas tijeras y dijo que me cortarían el cabello de niña. En ese momento ya no me interesaba nada, solo quería desaparecer de la faz de la Tierra o morir de una vez por todas. Pensé que, si lograba sobrevivir, lo mejor sería no regresar a la escuela; lo mejor era largarme del país.

Alberto puso el filo de la tijera cerca de mi oreja y creí que la cortaría. Todavía no podía levantarme. Mi pierna izquierda estaba agarrotada y tenía ganas de vomitar.

—No, por favor —rogué.

Escuché el chillido de una lechuza. El ave sobrevoló el área y me pareció que atacaba a ese par de fanfarrones.

—Lánzale algo —le dijo Alberto a Juan, mientras se agachaba y buscaba a tientas una piedra.

La lechuza voló más alto y se paró en un poste. El ave nos vigilaba, al menos eso me pareció.

—Maldito pájaro —dijo Juan—. No le pude atinar.

Alberto empezó a temblar, soltó una piedra, caminó como un zombi y luego tartamudeó:

—No-no pu-puedo controlar mi cuerpo.

—¿Qué te pasa? —preguntó Juan con los brazos tiesos como si fuera un robot antiguo—. ¡¿Estás demente?! ¡Aléjate de mí, animal!

Alberto pateó a Juan y este le respondió con una bofetada. Y así siguieron peleando por algunos minutos como niños de cinco años, hasta que un oficial de la policía llegó y los separó. Alberto y Juan se cagaron en sus pantalones como dos bebés sin pañales. Todos los espectadores se desbarataron entre carcajadas y se olvidaron de mí. El oficial no quería subir a su patrulla a esos dos apestosos.

—¿Qué les pasó a tus amigos? —me preguntó el policía.

—No lo sé —dije—. Y no son amigos.

La lechuza lanzó algo parecido a una carcajada, cuyo sonido me recordó a alguien.

—Ya váyanse, muchachos —dijo el policía—. Tomen caminos diferentes y si los vuelvo a ver pelear, los voy a…

Alberto y Juan miraban con ojos confundidos, mientras babeaban como un par de retrasados.

—Sólo váyanse —siguió el policía.

—Y tú —dijo—, ve a que te enderecen esa nariz.

Enseguida subió a su patrulla y se marchó.

Alberto se acercó, intentó hacerme algo, pero lo único que hizo fue darse un puñetazo en la cara.

—No-no sé qué n-nos hiciste, ca-cabrón —tartamudeó Juan—. Pe-pero mañana te irá ma-mal.

Los dos se fueron por distintos caminos, dando tumbos y miré que tropezaban y caían al piso, ellos no podían dar paso firme.

Cuando llegué a casa mi abuela ya me esperaba con la sopa caliente.

—¿Qué te pasó en la nariz? —preguntó, mientras sonreía.

—Me pegaron con una pelota, abue.

—Oh, sí, claro. ¡Qué buen pelotazo te dieron!

Ella sonrió y recordé el graznido de la lechuza.

—Entonces tú… Siempre sospeché que…

—¡Shh! No hables en voz alta, te pueden oír los vecinos.

—Eres una bruja como decía mi papá.

—¡Ja! Todos los yernos dicen lo mismo de sus suegras… pero sí, tu padre tenía razón.

—Así que era verdad lo que decía papá.

—Por más que usé mi magia para alejar a tu padre de mi hija, no fue posible; eso demostró que él la amaba de verdad.

—Así que tú me ayudaste con esos dos mensos. Y tú sí eres una…

—No digas esa palabra, no me gusta, mejor di que soy una hechicera. Y ahora que lo sabes…

La abuela tocó mi hueso roto y la lesión desapareció; la nariz quedó todavía más respingada.

—Oh, es genial. Imagínate todo lo que podemos hacer.

—No, hijo. Prefiero pasar desapercibida, ¿entiendes? Ahora usé los poderes porque era justo y necesario.

—Bueno, abuela, gracias. ¿Y si mañana me quieren hacer…?

—No harán nada, te lo aseguro.

Alberto y Juan ni siquiera se atrevieron a acercarse a mí, tal como lo dijo mi abuela.

Sin embargo, cuando caminaba por los pasillos de la escuela, el director me sujetó del brazo con fuerza y me increpó:

—Supe lo del altercado afuera de la escuela, a ver: ¿qué les hiciste a mis sobrinos?

La lechuza estaba parada en los tejados de la escuela y escuché que soltó otra risotada.

—Yo, nada, señor director.

La mano del tipo tembló y me dejó libre.

—Pero, emm, umm, taaa, ahhmm…

El director ya no podía articular palabra, después mojó los pantalones, se cubrió la entrepierna con el maletín, se disculpó y simplemente corrió hacia los baños.

—Gracias, abuela —susurré, mirando la lechuza que volaba por encima de los salones.



SERVANDO CLEMENS

Lun20Nov202323:39
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Autor: Omar La Rosa
Género: Cuento

El extraño viaje de don Pedro Perez

El extraño Viaje de Don Pedro Pérez

Capitulo 1 Retorno

(Córdoba de la Nueva Andalucía, 1610)

  •      Rápido padre Miguel, ¡padre Miguel! –
  •     ¿A que tanto alboroto Luis? –
  •     ¡Venga, venga que Don Pedro está recuperando la conciencia!! –

Sin hacerse repetir la noticia el padre Miguel cerró el breviario que estaba leyendo, tomo la vasijilla con agua bendita y salió corriendo tras el muchacho que había llegado con la nueva.

En el cielo el sol había iniciado ya su curva descendente, por lo que el padre Miguel calculó que Don Pedro había pasado casi 72 hs inconsciente. Era un verdadero milagro  que estuviera regresando a la vida. Nadie podía decir a ciencia cierta que le había pasado. En su cuerpo no había rastros de golpes ni lastimaduras, ni se sabía que hubiese hecho algún exceso o consumido algo que le hubiera podido meter en ese transe, por lo que entre la gente del pueblo se hablaba, sin mucha duda, de un embrujo.

Se sabía que Don Pedro había estado frecuentando las tolderías de los comechingones en busca de un indio que decía haberse cruzado con un grupo de guerreros de una tribu, que él no conocía, que iban vestidos de forma muy extraña y que hablaban una lengua similar a la de los cristianos, aunque con palabras tan extrañas que no los había podido entender.

  •      Seguro que son súbditos de la Ciudad de los Cesares –

Había dicho don Pedro a unos amigos, pero ya nadie creía seriamente en esa leyenda, por lo que el comentario no despertó mayor interés. Ya todos sabían que muchas veces los indios se aprovechaban de la codicia de algunos españoles para, tentándolos con este tipo de cuentos, hacerlos partir lejos de sus tierras.

Sin embargo era posible que la idea haya quedado dando vueltas en la mente de don Pedro, hijo segundón de una importante familia extremeña que, empobrecido por las leyes de mayorazgo, había decidido, como tantos otros, pasar a las Américas en busca de fortuna, luego de una accidentada estadía en el norte de África.

Así pues la mañana que desapareció, aproximadamente 2 meses atrás,  todo el mundo supuso que había partido a lomos de su caballo, el “pescuezo” famoso animal que le pertenecía,  hacia las sierras con el propósito de encontrar la fortuna de una ciudad que ya había hecho desparecer a miles de valientes en la inmensidad de estas tierras del fin del mundo.

No se volvió a tener noticias de él hasta hacia ya tres días, en que reapareció, inconsciente, abrazado al cuello de su caballo.

Así comienza El extraño viaje de don Pedro Perez

https://www.amazon.es/dp/1697463754

Dom19Nov202322:10
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Autor: Servando Clemens
Género: Cuento

La vida que siempre soñé



Conozco a Fátima desde que tengo uso de razón y, desde entonces, puedo asegurar que estoy enamorado de ella, casi llegando a los límites de la obsesión. Siempre vivimos en el mismo barrio, asistimos a la misma escuela, jugamos en la misma plaza y compartimos los mismos amigos. Desde temprana edad le confesé que me gustaba; sin embargo, ella de inmediato contestó que únicamente me veía como un amigo, como a un hermano. Esas palabras me dolieron; no obstante, seguí intentando conquistar el corazón de Fátima. Luché con mucho ahínco, pero el resultado siempre fue igual, ella decía: "Te quiero como a un hermano".
Con el paso de los años me conformé con sólo verla de lejos y a saludarla simplemente alzando una mano. Ella consiguió otros amigos y empezó a salir con chicos. La sangre me hervía de coraje, pero no podía hacer nada al respecto. Mejoré para poder tener una oportunidad con ella. Estudié y trabajé duro para hacer mucho dinero y con orgullo puedo decir que rebasé todos mis objetivos. Ingresé a un gimnasio y me puse a dieta. Pude moldear mi cuerpo como si fuera un atleta de elite. También me realicé algunos arreglos en la cara; una que otra cirugía plástica. Quedé como nuevo; era otro hombre. Alancé mi mejor versión. Después de tantos años de esfuerzo la volví a invitar a salir y ella me dijo: “Me dará gusto salir con mi mejor amigo, con mi hermano del alma”. Le dije que no podríamos salir, argumentando que no había recordado una importante cita de trabajo; ella simplemente levantó los hombros y se despidió y se largó como si nada.

 Fátima se mudó a otro barrio, pero conseguir su dirección con la ayuda de un investigador privado. Tengo que admitirlo: la empecé a espiar por las ventanas. Ella ya sospechaba de mis mañas, en aquel momento tuve que ser más cauteloso.
Una tarde salí a dar un paseo con mi perro y llegué hasta su barrio. Crucé la calle, jalando a mi mascota con una correa. Di un rondín por la acera de su vivienda, haciéndome el inocente. Me quedé parado en la ventana de su dormitorio. Eché un vistazo por una rendija diminuta. Me pareció ver que se estaba cambiando de ropa.
—¡Oye! —gritó, tapándose con una toalla—, ¿qué haces ahí?
Escapé como un ladrón. Sentí mucha vergüenza al verme descubierto. Crucé nuevamente la calle, asustado. No me fijé en el automóvil que me atropelló y que me hizo volar cinco metros por los aires para finalmente colisionar contra un poste de luz. Sentí que se me había quebrado todos los huesos. El dolor era inmenso. Casi insoportable. Observé el cielo rojo por la sangre que cubría mis ojos.
—¿Y mi perro? —le murmuré a una sombra que miraba mi cuerpo.
—Tú quédate quieto —dijo una voz angelical.
—¿Y mi perro? —volví a preguntar.
—No lo sé.
Cerré los ojos. Me desmayé. Sentí que me hundía en el mar y que mi perro entraba al agua y me salvaba la vida.
—Gracias, chico —le dije al perro, pero sólo era un sueño.
Abrí los ojos de nuevo. Me di cuenta de que no estaba en el cielo. Estaba acostado en una cama, encima de unas sábanas limpísimas. Tenía vendajes que cubrían casi todo mi cuerpo. Podía oler la sangre.
—¡Hola! —dijo Fátima, al entrar al dormitorio—. ¡Qué bueno que despertaste! ¡Ya era hora!
Quise hablar, pero no pude. Al parecer tenía fracturada la mandíbula.
—¡Shhhh! ¡No hables! ¡Todavía estás herido y débil!
Moví mi cuerpo. Quería verme en el espejo del armario.
—No te muevas, podrías lastimarte más.
Permanecí inmóvil. Estaba Feliz y en casa de mi amada. A pesar de todo, Fátima me estaba demostrando que me quería de verdad. ¿Quién se tomaría tantas molestias?
—Te voy a curar todas las cortadas.
Fátima me puso una inyección y dijo que era para el dolor y para las infecciones. Vi que tomó un hilo y una aguja y después suturó las heridas de mi espalda con sumo cuidado.
—¡Augg! —logré decir.
—¡Tranquilo!
Más tarde entró con una tina y una esponja. Fátima me dio un baño ahí mismo, en su cama. Sentí pena.
—Quedarás como nuevo.
Apagó las luces. Dijo que tenía que dormir y que ella se iba a la sala, para dejarme descansar a gusto. Yo deseaba que ella se acostara conmigo. Luego pensé que en otra ocasión sería, quizá ya que estuviera más repuesto.
Al otro día desperté con más energía. Podía moverme. Fátima apareció y me dio de comer en la boca. También me ofreció agua y más medicamentos.
—Ya te ves mejor, ¡qué guapo!
Ella sólo usaba ropa interior. Se puso de pie y se me quedó mirando un largo rato.
—Pobre de ti.
En ese momento fui el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra.
Fátima se acercó y acarició mi oreja.
—¡Qué pena por lo de tu amo! El infeliz murió al instante.
Quise decir algo, pero sólo salió un "guauuuu"
—Tu dueño estaba medio loco —dijo Fátima—, le tenía un poco de miedo, pero me caía bien cuando éramos pequeños.
Empecé a moverme sobre la cama como un gusano hasta que me vi en el espejo: yo era el perro.
—No te muevas.
De alguna forma mi alma entró al cuerpo del perro o eso me pareció.
Fátima me dio un beso y me acercó a sus frondosos pechos. Pensé que quizá no era tan malo. Por lo menos estaría cerca de mi amor platónico. Podría verla a diario. Viviríamos en la misma casa. Ella me cuidaría. Incluso podría tocarla y verla desnuda. ¡Ah, qué felicidad!
—Estarás a salvo —dijo Fátima, dándome un tierno beso en el hocico.
"Y tú serás mía", reflexioné, pasando mi lengua por su cuello.
—Ya que estés más sano —dijo Fátima—, te llevaré al veterinario.
"¿Para qué? Si ella ya me está curando", pensé.
Colocó su mano sobre mi cabeza y la acarició con amor.
—Necesito llevarte con el veterinario para que te castren.
—¡GUAAAUUU!
—Es por tu bien, pequeñín, de otro modo no podré darte en adopción.

Dom19Nov202322:08
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Autor: Víctor Rodríguez Pérez
Género: Cuento

Madre e hijo

Nadie podría decir, a ciencia cierta, desde cuándo caminan el uno tras el otro. Tal vez, desde siempre, desde que lo parió, porque el hijo tuvo que acostumbrarse a caminar desde chiquito, desde que le tocara hacerlo según la naturaleza. Esto, para no quedarse muy atrás de la madre. En esas caminatas iban como contando los pasos, como las hormigas que se siguen de cerca, sin atreverse a hacerlo en paralelo. La madre, adelante; el hijo, detrás.

¿De dónde les salió recorrer todo el pueblo día a día? Nadie lo sabe, repito. Pero es que nadie supo tampoco cuándo salían o cuándo se metían por el sendero que los llevaba a la choza donde vivían entre la espesura del monte. La madre era una mujer delgada, casi en los puros huesos. El trabajo no le arrugó la piel, como sí lo hizo el tiempo prolongado que a menudo pasaba sin probar alimento. Lavaba ropa ajena. Lavaba aquel montón de ropa que le daban como trabajo escasamente remunerado y lo hacía a mano, restregando, golpeando cada pieza contra la superficie del lavandero, como si quisiera descargar con ello, toda su frustración y amargura que les había tocado en suerte. Qué misterio, ¿no?

El hijo era igual a la madre, desgarbado, flaco, macilento, ¿y el padre? ¡Vaya usted a saber! Nunca, que se sepa, a nadie se le ocurrió suponer que para haber tenido la madre un hijo, tuvo que haber habido un hombre. No hacía falta, además. Caminaban sin prisa, con aquella parsimonia que solo daba la conformidad de no poder cambiar un destino no buscado. El hijo creció y cuando ya se metía en el mundo de los hombres, nadie se dio cuenta del cambio dado en aquel muchacho. Tal vez la necesidad de conocer los entretelones del juego de envite y azar le enseñaron a conocer los números en las cuentas que les llevaba a los encargados, porque nunca se le vio en la escuela.

Hoy en día, la madre ya no tiene fuerzas para lavar ropa ajena. No, ahora la madre espera al hijo sentada en una acera, hasta que el hijo reúna algunas monedas del trabajo a destajos que lleva en las casas de juegos. Pero cada mañana, la caravana reanuda su marcha, ahora con una variante; quien va adelante es el hijo. La madre, con gran esfuerzo, le sigue los pasos.

Dom19Nov202312:01
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Autor: Omar La Rosa
Género: Cuento

Desafío

Desafío

Llego al final del camino, se detuvo y, cruzando las piernas sobre la montura se quedó oteando el horizonte.

Tras él, a derecha e izquierda, la inmensidad de la llanura que acababa de atravesar haciéndola suya. Frente a él el gran rio y toda aquella tierra que no le pertenecía...

El sol, ocultándose tras el horizonte, cedió su luz a las sombras y todos los que lo acompañaban armaron el campamento donde pasarían la noche.

Él no se movió, solo siguió con la vista puesta en la otra orilla.

Ya noche cerrada, él seguía en su contemplación, sin que nadie osara interrumpirlo, hasta que ella, la concubina preferida, tomo ánimo y caminó hacia donde estaba el real jinete. Era su prerrogativa y su deber.

Las estrellas brillando en el cielo anunciaban el frio que se avecinaba.

- ¿En qué piensas sire? – casi susurro cuando estuvo a su lado.

Si la escucho no se inmuto. Por un instante continuó impávido, mientras el corazón de ella suspendía los latidos en una tensa espera.

Sin decir palabra, como tampoco las decía ese hombre tan imponente, que ella podía controlar cuando lograba cubrirlo con sus brazos, apoyando en sus senos la regia cabeza.

- En el rio – hablo él al final.

- ¿Qué quieres hacer? –

- Cruzarlo –

- ¿Por qué? –

- Porque para eso están los ríos, para ser cruzados –

- …también se los puede navegar – se atrevió a cuestionar, cuidando dejar caer los ojos, en ese gesto tan típico que ella sabía él no podía resistir.

- ¿Ves algún barco a mi rededor? – indago él en medio de una risotada.

No, no había ningún barco. La decisión estaba tomada.

Al día siguiente el Rin cedió ante sus tropas y el fin de un imperio comenzó a desencadenarse.

© Omar R. La Rosa

Jue16Nov202318:27
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Autor: Iván Silvero Salgueiro
Género: Cuento

La lluvia siempre cayó con fuerza

La lluvia siempre cayó con fuerza, aunque bajo techo quién podía temerle. Solo sus hijas bastardas las goteras podían atravesar esa defensa, pero de forma tan lastimera que bastaba un balde para contenerlas.

Los chicos siempre jugaban en la calle, aún si la lluvia empezaba a asomar, entrando y saliendo de sus casas, saltando cercas y murallas. En la esquina estaba La Placita, el mercado que parecía una extensión de colores donde se vendían chanchitos y gallinas de cerámica, verduras y frutas, carnes ensartadas a un gancho, y figuras de madera pintadas.

La lluvia pisó fuerte la tierra y de entrada tendió a ser caudalosa. Creciente, arremolinada, qué podía hacerle frente cuando caía así, qué podía menguarla. Como raudal nada ni nadie se le debía atrever.

Entre La Placita y los chicos había un arroyo anodino en días de sol, el empedrado que lo cruzaba sobre un puente venía desde la villa alta de la ciudad, bajando una ribada muy pronunciada.

Cuando la lluvia irrumpió, bajo ella y sobre el raudal los chicos jugaron, saltaron y se desafiaron. El chapoteo, el barro y vadear la calle de lado a lado, que al principio era solo una delgada capa que corría, se transformó en el desafío de los más grandes.

Todo tiene cariz de inocente en el juego de chicos: los que se atreven, hacen, y tratan de miedosos y cagones a los otros; los que les siguen en valentía, no pueden ser menos y cruzan la correntada que va creciendo. Y así como la lluvia junta toda el agua en tierra para formar raudales, así también los chicos se iban juntando todos en la otra vereda. El resto que prefería no hacer lo mismo (a esta altura los goterones de la lluvia duelen en la espalda) ve que su resistencia va menguando cuando cada vez son menos los que dicen no.

El agua va juntando fuerza en la pendiente larga de la ribada, es su impulso, la corriente busca frenéticamente seguir cayendo y el arroyo es la más perfecta tentación. En poco tiempo todo esto empieza a rugir y cae como catarata al pozo del arroyo, mientras el coro de chicos muy cerca, en la vereda de enfrente, grita y llama a que crucen. Los de doce ya están del otro lado, los de diez lo consiguieron con dificultad y el de ocho más temeroso no se decidió hasta que todo empezó a desbordar.

Sobre el empedrado, descalzo, el agua hasta los tobillos, la fuerza era ya muy potente, y a medida que avanzaba, empezó a sentir que solo podía mantenerse en pie si tenía ambas piernas metidas. A mitad del trayecto, cada vez que intentaba dar un paso, la corriente lo empezaba a arrastrar. Para ese momento los ojos no solo veían el festival sordo de los que gritaban, veían también la catarata, el arroyo que ya era gigante, y el miedo que surgía de darse cuenta de que el agua era más fuerte que él, avanzar ya no era una opción, quedarse parado era regalarse a la corriente y, de un momento a otro, él sería parte de los fondos de La Placita, de los fondos del arroyo.

El miedo salva y te hace desandar: deslizando los pies sobre cada piedra del empedrado, aferrándose a sus bordes con los dedos, aguantando el choque constante de toda esa masa de agua, fue volviendo a la vereda de la que partió. Del otro lado, todos los chicos; de este solo él y su miedo.

           - ¡Ca-gón! ¡Ca-gón! ¡Ca-gón!

El raudal no aflojó hasta que él con mucho esfuerzo logró llegar hasta la cerca del inicio y se aferró al alambrado como si el susto se lo quisiera llevar también: respiraba un aire acompasado de lluvia. Antes de que ésta termine y los otros chicos vuelvan, decidió ir a su casa.

Caminó hacia la ribada, dobló la esquina y cruzó el portoncito cuando comenzaba a abrirse el cielo. Se sacó la remera, repleta de lluvia, sin levantar la vista. La madre al verlo empezó a enunciar un reto y, en los ojos todo el raudal que juntó empezó a caer.

Lun13Nov202316:19
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Autor: Yuliangelene Mosquera
Género: Cuento

Al fin lo halle… “Mi hogar.”

Una pequeña luciérnaga deambulaba sola por el bosque, sin saber cómo brillar.

Había perdido a su familia y todo contacto con el calor de un hogar.

Un día mientras caminaba por la caliginosa noche, quedó admirada ante una hermosa luz que destellaba desde lo alto de un apamate. Se quedó observando la hermosa luz durante días sin percatarse de que lo que brillaba era una pequeña luciérnaga igual que ella.

La hermosa luciérnaga que brillaba con intensidad, notó la presencia de la luciérnaga triste, así que descendió para hablar con ella. Sin embargo la pequeña luciérnaga triste no decía nada, estaba tan triste, que ni siquiera hablaba.

La hermosa luciérnaga entonces, decidió llevarla consigo a su hogar, para cuidar de ella.

Estando en casa, la hermosa luciérnaga, presento a su familia a la pequeña luciérnaga y la hizo parte del ambiente de su hogar.

Ha medida que pasaban los días la pequeña luciérnaga comenzó a soltar las capas y comenzaba a aprender el gran significado de tener un hogar y una familia.

El calor del hogar, la calidez de la hermosa luciérnaga y el amor que le brindaba su nueva familia poco a poco fueron mitigando el dolor y la tristeza que cargaba a cuesta la pequeña luciérnaga… Hasta que un día finalmente aprendió a brillar nuevamente.

La hermosa luciérnaga la invito a lo alto del apamate para brillar juntas, y allí, la pequeña luciérnaga comprendió que tener una familia que te ame, y a pesar de la oscuridad se quede contigo, te da la fuerza  para avanzar y descubrir el valor inmenso que yace en cada uno de nosotros…

Mié08Nov202314:53
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Autor: Yuliangelene Mosquera
Género: Cuento

Las dos espadas.

Las dos espadas

Se cuenta de un sabio y honorable rey que tuvo dos hijos, a los que antes de morir les dio como herencia una espada. Esas espadas habían pertenecido al noble rey y habían sido el apoyo para librar muchas de sus batallas para proteger el reino.

Una de las espadas tenía la particularidad de brindar vida a quien padecía alguna enfermedad, pero no podía traer de vuelta a alguien que estuviese muerto; la otra poseía la facultad de calmar los demonios que se ocultan en el corazón del hombre cuando éste les permite hacer morada en él… Eran espadas solidas capaz de hacer frente ante cualquier oponente, fuertes con hojas muy filadas que permitían cortar todo cuanto se atravesara en el camino.

La espada de la luz, aquella que poseía el don de la sanidad, solo podía ser empuñada por aquel cuyo corazón fuera puro, capaz de sentir compasión y tristeza, pues esto le daría al portador el poder de vencer a su oponente teniendo en cuenta el valor de la vida.

La espada del loto, capaz de ser blandida por aquel corazón tenaz y ávido de proteger a quienes les rodean, llevaba dentro de sí el don de calmar los corazones perturbados por los bajos deseo humanos que hacen desfallecer al espíritu. Ambas espadas habían sido empuñadas por el noble rey a lo largo de su vida como soberano. Para poder empuñar una de estas espadas el portador debía cumplir con los principios que exigía cada una y que de no poseerlos, la espada sólo sería una hoja sin filo e inservible.

El padre por lo tanto procuro enseñar a sus hijos aquellas virtudes que los convertirían en hombres de honor y valor que con el tiempo pudieran obtener el don de las espadas.

Los dos hermanos eran recios y habían logrado alcanzar niveles de honra en la sociedad, uno de ellos era taciturno, fuerte en gran manera, pero sin piedad y con un corazón repleto de ego. Sin embargo el siguiente hermano era humilde, de corazón compasivo entregado a aprender y a servir a su prójimo, pero en su corazón era frágil y se dejaba llevar rápidamente por sus emociones. Viendo el padre la personalidad de sus hijos resolvió entregar al primer hijo la espada de la luz y al segundo la espada de loto.

Cuando el noble rey murió, ambos hermanos recibieron la herencia que su padre les concedió. El primer hermano recibió la espada de la luz, capaz de sanar a aquellos que padecían alguna enfermedad. El segundo hermano recibió la espada de loto capaz de calmar el corazón atormentado por los demonios que el mismo permitía que moraran en el… Para ambos hermanos la batalla por empuñar las espadas de su honorable padre comenzaba, ya que a pesar de ser hombres de honor y principios no cumplían con los requerimientos que exigía el blandir aquellas espadas. El primer hijo del rey decidió partir en una cruzada para convertirse en alguien digno de portar la espada de luz, mientras que su hermano decidió permanecer en el reino y fortalecerse al cuidar de su propia gente. Así comenzó para los herederos el principio de su historia personal.

Aquellos jóvenes comprendieron que las circunstancias en las que uno nace no tienen importancia, es lo que uno hace con el don de la vida lo que nos dice quiénes somos.

El primer hijo, portador de la espada de luz, era un ser indolente y lleno de ego por las capacidades asombrosas que formaban parte de él. En su cruzada para realizar su historia personal debía aprender el valor de la vida para saber cuál eran las batallas que debía librar y cuales debía simplemente evitar. Aprender sobre la tristeza y el dolor para comprender sobre la compasión y el amor… Jamás había entendido por qué su padre le dejó como herencia la espada de luz cuando su hermano menor era el más indicado para portar aquella espada. No había comprendido él que su padre era un hombre sabio que tras su partida les encomendó la tarea de descubrirse a ellos mismos y crecer.

La fama, la honra y la gloria no son tan importantes como lo es vivir amando y compartiendo con aquellos que posan cerca de ti; que las aventuras de la vida son abono mágico para nuestras vidas.

El segundo hermano por su parte debía aprender sobre el autocontrol, entender que al dejarse llevar rápidamente por sus emociones se privaba a él mismo de entender razones y tomar las decisiones correctas. Que mantenerse sosegado aún con el bullicio de sus propios deseos le permitiría encontrar la paz y blandir aquella espada que no sólo le ayudaría a él a lo largo de su vida sino a todos aquellos que en su camino se cruzaran…

Para el primer hijo lo largo y ancho del camino fue aprendizaje y crecimiento. A travesó el valle de la sombra como una enseñanza de la soledad; el valle de la tormenta para valorar la paz de la vida; el valle del amor y la necesidad de proteger a alguien más que a ti mismo, para entender sobre el dolor y la tristeza de perder a quien se ama y lo importante de saber por qué empuñas tu espada para arrebatar la vida de alguien más. Tras golpes, adversidades y experiencias mágicas la travesía del primer hijo se cumplió haciendo de aquel hombre sin piedad y narcisista un hombre cálido capaz de detenerse para ayudar a su prójimo y comprender el dolor ajeno…

El segundo hijo tras trabajar para su propio pueblo y dirigir el puesto como soberano le aporto la serenidad para tomar decisiones y la fortaleza a su propio corazón para no desfallecer ante sus debilidades sino extenderse con valor hacia lo que es correcto y mejor, no solo para el sino para su pueblo. Comprendió que el corazón es vulnerable y dejarse llevar por él lo conduciría por senderos inestables y que desechar a su propio corazón lo apartaría de la felicidad. Entendió que su corazón y su mente debían formar parte de un todo que le concediera el equilibrio necesario para vivir.

 Ambos hermanos comprendieron al fin la voluntad de su padre al concederles las espadas que cada uno empuñaba. No era otra más que entendieran el propósito de sus vidas y lo que ellos querían llegar a ser, para que al final de su jornada sintieran orgullo de la persona en la que se convirtieron. Que sin importar que tanto te apalee la vida debes continuar hacia delante sin rendirte. Y qué sólo tú decides en lo que te quieres convertir.

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